La aventura más grande de todas

Acrílico sobre papel, 96x66 cm, 2021

Aquella tarde de primavera me había prometido ir a visitar a mis sobrinos. Hacía semanas que no los veía y me sentía culpable de no estar más presente en sus vidas, a sabiendas que el tiempo corre demasiado deprisa cuando somos tan pequeños, en una senda en la que no hay vuelta atrás. Después de la merienda, la sala de estar se había convertido en un feliz y ruidoso campamento de juegos en el que reinaba el alborozo pero también un terrible desorden de cartas de baraja, lápices de colores y piezas de rompecabezas, que me conjuré a deshacer antes de despedirme.  

 

Empezaba a anochecer y ya tenía el abrigo entre mis manos cuando Laura, mi pequeña sobrina que por aquel entonces apenas había empezado a ir a la escuela, me estiró de la manga y me pidió que me sentara con ella. No me sentí con corazón para contradecirla. Tenía entre sus manos un cuento que le había regalado meses antes y quería leerme su historia. Ella, orgullosa de la atención que le brindaba, empezó a pasar sus páginas poco a poco, con una voz cristalina pero titubeante, desgranando una narración de bellos príncipes y valientes princesas, bosques encantados y castillos amenazantes, conjuros misteriosos y dragones mágicos.

 

Al ir a guardar el libro en la estantería tardé un poco en darme cuenta y, cuando lo hice, no pude parar de reír. La obra explicaba otro relato, un cuento diferente por completo. Laura en verdad aún no sabía leer, no entendía el significado de las palabras, y era su imaginación y las ilustraciones del volumen las que habían ido animando su narración.

 

Aquella anécdota me hizo pensar en la necesidad que tenemos todos, ya desde pequeños, de atender y construir relatos. Vivimos otras vidas a través de la lectura, como, por escasas horas, nos convertimos también en los personajes que discurren sobre las tablas de un escenario o los caracteres proyectados en la oscuridad de los cines. Esta capacidad de fabular nos ayuda a crecer, a empatizar con existencias ajenas a la propia. En el fondo, la imaginación es un ingrediente indispensable para ser más humanos y, que bien narradas, las pequeñas cosas que nos suceden a todos son tan divertidas, necesarias o importantes como la aventura más grande que podamos imaginar.

 

De todas las fiestas del año, no hay jornada más hermosa en mi ciudad que cada 23 de abril, la diada de Sant Jordi, en la que año tras año sus avenidas se llenan de pequeñas paradas en donde se venden libros y rosas. El propio santo es con toda probabilidad una leyenda más, una narración construida a lo largo de las centurias sobre un vago, impreciso apunte histórico perdido en la noche de los tiempos. Tantas veces narrada como reinterpretada, la fábula del caballero y el dragón y la rosa que nace de la sangre derramada por sus heridas es toda una herencia icónica de la “Legenda Aurea” de Jacobus de Voragine, una leyenda que se resiste a morir, quizás porque de alguna manera seguimos necesitando creer en ella.

 

 

Enlace en alta resolución: www.flickr.com/photos/santasusagna/51132820706

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