Ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí

Técnica mixta sobre lienzo, 80×80 cm, 2014

Entre el simbolismo y el decorativismo, este es un pequeño doble homenaje a la oración de Martin Niemöller y a un trabajo de Gustav Klimt no demasiado conocido titulado “Muerte y vida”. Frente a la intolerancia, la incomprensión o los prejuicios, si escudriñamos nuestra realidad, su mensaje de dolor sigue gravemente presente.

 

Cuando se acusa a los inmigrantes por venir de donde vienen, a las familias desahuciadas por no saber evitar su desgracia, al pobre que acude a la beneficencia, a las minorías sexuales o culturales que no ocultan su diferencia o cuando apartan a los jóvenes que son la esperanza del cambio… no están señalando a otros, sino a nosotros mismos.

 

Pero, a pesar de los riesgos que nos acechan, seguimos con los ojos cerrados.


«Primero vinieron para llevarse a los sin papeles
y yo no hablé,
porque yo no era un inmigrante ilegal,

 

Después echaron de su casa a los desahuciados
y yo no hablé,
porque yo podía pagarme un hogar,

 

Después acusaron de su desgracia a los pobres y a los parados
y yo no hablé,
porque yo tenía un buen trabajo y un sueldo digno a final de mes,

 

Más tarde señalaron a los homosexuales y a las otras minorías
y yo no hablé,
porque yo no era de “esos” y nadie de los míos nunca lo sería,

 

Cuando encarcelaron a quienes alzaban la voz frente a esas atrocidades
tampoco hablé,
porque yo en realidad no quería poner rostro a esa denuncia,

 

Pero después vinieron a buscarme, y en ese momento comprendí que 
ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.»
 

 

Enlace en alta resolución: www.flickr.com/photos/santasusagna/13053010483

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