Día de baile

Acrílico sobre lienzo, 100×100 cm, 2022

Los prodigiosos años 20, la década que enlaza el fin de la primera gran guerra con el punto de inflexión que supuso la quiebra económica de 1929, se caracterizaron por el anhelo de la gente por recuperar el tiempo y la alegría, puestos en suspenso durante el rigor de la contienda. Al marcado sentido trágico de los años inmediatamente anteriores, se contrapuso un renovado deseo de vivir el momento, al precio que fuera. Aquella desenfrenada fiesta, que quebrantaba la encorsetada moral que hasta entonces regía la sociedad, halló amparo en una bonanza económica que se desmoronó, como un frágil castillo de arena, al final de esa edad dorada.  

 

Pero como sucede con cualquier cambio social, en él hubo también sus vencedores y vencidos. Mientras las grandes urbes acogían un mayor número de habitantes, hombres y mujeres atraídos por los puestos de empleo que creaba la industrialización, una mayor comodidad en los servicios y una relativa prosperidad, las áreas rurales se fueron despoblando en igual medida. En metrópolis como Chicago, Nueva York, Londres o París se establecieron en cada esquina teatros de variedades, cinematógrafos, pequeños parques de atracciones y sobre todo, salones de baile para distraer a aquella multitud de jornaleros en sus escasas horas de asueto. En paralelo, gracias al auge de popularidad que los campeonatos deportivos iban adquiriendo, nació un enorme interés colectivo por los premios de competitividad bajo cualquier forma de disciplina. De todo aquel germen surgirían los tristemente famosos maratones de baile.

 

La gente acudía en masa a ver aquellos espectáculos cuya entrada era relativamente barata y que prometían buenos premios a los vencedores. De alguna manera, lo que comenzó como una actividad lúdica esporádica pronto llegaría a convertirse en una moda, cuya popularidad incluso despertó el recelo de los propietarios de salas de cine o teatro y las críticas de las corrientes más humanistas y progresistas. Cuando al final estalló la crisis económica de 1929 y el paro y la falta de oportunidades se extendió sobre todo en las capas más débiles de la sociedad, aquellos maratones de baile se disfrazaron de retorcida lucha por la subsistencia. Las parejas danzaban y danzaban durante jornadas enteras sólo teniendo mínimas pausas para hidratarse o tomar el aire, descansos siempre cronometrados e insuficientes para recuperar sus cada vez más exiguas fuerzas, hasta que los últimos bailarines que perseveraban eran quienes se llevaban el premio a casa.  

 

Quizás no hemos cambiado tanto desde entonces, del mismo modo que a veces juzgamos el pasado con una superioridad que no merecemos. En buena medida la clave del éxito de aquellas funciones no era seguir unos pasos de baile fatigados, sino hacer espectáculo de la miseria, como la telerrealidad de nuestros días.

 

Con el transcurso de los años, la recuperación del empleo y el cambio de gustos de la sociedad, los maratones de baile fueron cayendo en el olvido hasta su desaparición. Y, sin embargo, de alguna manera, tal y como expresó Hobbes en su época, bajo otros disfraces, el hombre sigue siendo un lobo para el propio hombre.

 

 

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