¿Merecía la pena?

Acrílico sobre lienzo, 100x100 cm, 2025

La ciencia ficción ha proyectado, como género, a través de la imagen y la palabra aquellos miedos a través de los cuales la sociedad observa su futuro. En realidad no se trata tanto de que los autores vaticinen cómo será nuestro devenir, sino que afilen el ingenio para desenmascarar el presente y enseñarnos como realmente somos. Sólo depende de nosotros, como individuos y como colectivo, la elección del camino a seguir y los riesgos a sortear.

 

Desde la inhibición del alma para un bien mayor de “Un mundo feliz”, la constitución de un superpoder que lo observa y controla todo del “1984” de George Orwell o el constante dilema sobre lo que significa ser humano de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" de Philip K. Dick, por citar sólo unos referentes clásicos entre muchas y grandes obras, todas tienen en común que enriquecen nuestro imaginario mostrando un horizonte casi siempre inquietante y cuyas raíces venenosas, su punto de partida, brotan en las sombras de la actualidad.

 

En la década de los ochenta del siglo pasado vio la luz una de las sagas más icónicas del género. En las páginas de “Akira” de Katsuhiro Otomo, se nos presenta una nueva ciudad, Neo Tokyo, erigida tras la tercera guerra mundial, sobre las ruinas de la antigua capital japonesa, en donde la autoridad ejerce una opresión brutal y el pillaje, las drogas y el miedo son el caldo de cultivo para el surgimiento de gobiernos autoritarios y el culto a falsos dioses. La obra magna de Otomo, nos plantea la inevitabilidad del ser humano para repetir su historia y como el ansia de poder domina de la misma manera la voluntad de las personas, como de las propias naciones, hasta conducirles a la autodestrucción.

 

A la hora de crear este cuadro, antes de ponerme delante del lienzo, me pregunté a mi mismo si estábamos todos cada vez más cerca de vivir una utopía o una distopía. Quizás sea sólo un efecto secundario de sentirse mayor o quizás exista una amenaza latente, una crisis de valores en ciernes, que aun no seamos capaces de enfocar pero cuyo efecto de forma clara empecemos a notar. Para este proyecto quise recuperar la iconografía del clásico de Otomo pero adaptándola a esa telaraña invisible que mencionaba: la contaminación, la mentira, el odio o la corrupción, agenda oculta que unos pocos dirigen pero de la que todos también somos en menor o mayor medida responsables. En la escena, a diferencia de “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich, en la que el hombre parece contemplar la magnificencia y el poder de la naturaleza, Kaneda, el antihéroe motorista observa la destrucción y se pregunta si la desolación alguna vez mereció la pena.

 

Enlace en alta resolución: 

www.flickr.com/photos/santasusagna/54631328963

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