Ritos de paso

"Ritos de paso", 2021 - Acrílico sobre lienzo 100x100 cm

 

Mirando hacia atrás, en toda vida hay episodios que cierran antiguas etapas y que estrenan capítulos. No siempre son momentos aparatosos ni grandilocuentes, incluso pueden parecer, para una mirada profana, como meras anotaciones a pie de página, de aquellas que lees sin apenas prestarles atención. Y, sin embargo, para nosotros, que somos sus protagonistas, esos apuntes apresurados esconden entre líneas un verdadero significado. Son hitos en el tránsito de nuestra propia existencia.

 

Se ha escrito mucha literatura sobre ello. Una de las edades en las que más se suceden los cambios y que más definen nuestra personalidad ocurre al dejar la infancia atrás, el “coming of age” anglosajón, la temible y dolorosa adolescencia. Recuerdo ahora con ternura, y también llevándome las manos a la cabeza, cuántas veces entonces me hacía perder el sueño el aprendizaje de los secretos del mundo de los adultos, una puerta que se entreabría a una libertad hasta entonces vedada, una fruta prohibida que te seducía y ansiabas devorar.

 

Te encontrabas de repente en la antesala de las decisiones capitales y sentías como miles de dedos invisibles apuntaban hacia ti, preguntándote cómo y hacia donde pilotar tu nave, cuando la gorra de capitán en verdad todavía te venía bastante grande. Y te dabas cuenta, aunque aparentaras un aplomo cogido con alfileres y renunciaras con un torpe orgullo a los consejos de los padres, que no tenías apenas respuestas ante la tormenta que se avecinaba. Todo parecía entonces tan bello y vibrante, como una primavera que se anuncia perpetua, pero a la vez temible, como un salto a la oscuridad del vacío.

 

Muchos, demasiados años después sonrío al rememorar esas ingenuas dudas sobre la mecánica del primer beso, los nervios en el estómago antes de estrenarse en el amor o también las estupideces que no te importaba obedecer para ser adoptado por una pandilla, como una familia por elección que, efímera como todas aquellas pulsiones adolescentes, agotadas las primeras aventuras y llegados los desengaños, el tiempo luego desvanecería.

 

Al fin y al cabo, todos ellos fueron ritos de pasos, un peaje obligado para sentirse aceptado y dejar de ser, ya no un niño pero tampoco un hombre, un extraño perdido en su propio mundo.

 

 

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