Ángeles con las alas rotas

"Ángeles con las alas rotas", 2017 - Técnica mixta sobre papel, 42x42 cm

 

“Vosotros a los que amamos. Vosotros no nos veis. Vosotros no nos oís. ¡Nos creéis tan lejos, sin embargo, estamos tan cerca! Somos mensajeros, para acercar a los que están lejos Somos mensajeros, para llevar luz a los que están en la oscuridad. Somos mensajeros, para llevar la palabra a los que preguntan. No somos la luz, no somos el mensaje. Somos los mensajeros. Nosotros no somos nada. Vosotros lo sois todo para nosotros.”

 

Cuando era pequeño creía que un ser al que no podía ver ni escuchar guiaba de alguna manera mis pasos. En los ojos de un niño que, como yo, pasaba mucho tiempo solo, a veces en el patio del colegio, a veces a la espera del autobús escolar que me llevara de vuelta a casa, a menudo se difuminaba la frontera entre realidad y fantasía, con frecuencia atribuyendo personajes e historias, lugares y palabras a uno u otro lado del espejo. Nunca supe su nombre, nunca vi su rostro ni conocí su voz, pero, a quien me hubiera preguntado, sin dudar le habría asegurado su existencia.

 

Sin embargo, aquel ángel que me acompañó se fue desvaneciendo a medida que me hice mayor. Crecía en el seno de una familia poco religiosa y la implacable lógica de la razón acabó por vencer la resistencia del reino de la fe o la imaginación.

 

Hace unos años descubrí unas películas que me causaron una honda impresión. Se llamaban “El cielo sobre Berlín” y su secuela “¡Tan lejos, tan cerca!” y habían sido dirigidas por el alemán Wim Wenders. A través de sus fotogramas el espectador podía seguir las cavilaciones alrededor de la condición humana y el paso del tiempo de unos seres tan antiguos como el mismo mundo. La belleza de la vida, a pesar de sus tribulaciones, de sus enormes imperfecciones, acababa por seducir a esos seres, cuya eternidad había conducido irremediablemente al vacío.

 

En ocasiones, siendo ya adulto, me he visto enfrentado a decisiones complicadas, a situaciones en el filo. Quiero creer que, en los momentos de mayor confusión, de un desamparo profundo una voz venida de dentro y a la vez de ninguna parte ha seguido acudiendo a mi rescate.

 

Quiero creer que, en una prudente distancia, como si fuéramos ángeles caídos, ángeles con las alas rotas, aquel cuyo rostro no conozco no me ha dejado solo. Quizás todo fuera más sencillo si volviéramos a mirar la vida con los confiados ojos de un niño.

 

 

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