Los rincones perdidos de la memoria

"Los rincones perdidos de la memoria", 2020 - Acrílico sobre papel, 94x64 cm

 

Nuestra identidad se alza sobre el cimiento de nuestros valores y experiencias hasta dar forma a ese ser, a esa personalidad con la que nos identificamos para bien o para mal. Somos en definitiva aquello que somos capaces de recordar.

 

Me gusta imaginar la memoria como un gran desván donde, con los años, vamos acumulando los juguetes con los que reímos, las notas de la música que nos sedujo, el celuloide de las películas que nos dejaron huella o el tacto de las ropas que nos vistieron. En aquella gran buhardilla misteriosa y mágica, los objetos con mayor peso emocional reposan adelante, prestos a ser recuperados cuando los invocamos, mientras que aquellas vivencias cuyo significado va menguando, van quedándose poco a poco atrás, relegadas en un rincón perdido de aquella estancia.

 

Es ley de vida y es posible que sepamos ya cómo la edad y la enfermedad borra la memoria de quienes queremos. Es un proceso implacable y cruel en el que te conviertes en un mero observador, sujeto a la fuerza del paso del tiempo contra el que no puedes luchar.

 

Descubres cómo de repente se desvanece un capítulo de su historia, alguna vivencia deja de formar parte de su conversación. Un día desaparece un nombre o una fecha, al otro se deshacen las maletas de uno de sus viajes y después se difumina la fotografía de alguien a quien amaron. Poco a poco el desván va quedándose huérfano de recuerdos, condenado a un vacío y a un silencio permanente. Y cuando les miras y no te ven, les hablas y no te escuchan, sabiendo que partieron a otro lugar a dónde ya no puedes seguirlos, te sientas a su lado preguntándote a dónde vamos cuando olvidamos quienes una vez fuimos.

 

 

 

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