El espíritu del bosque

"El espíritu del bosque", 2020 - Acrílico sobre papel, 95x65 cm

 

Estábamos tan habituados al frenético rumor de los motores, al tamiz de la contaminación que, cuando la única vida que conocíamos se detuvo por unas semanas, la misma geografía de travesías y edificios nos reveló, ante nuestro desconcierto, un paisaje inesperado. El aire limpio dolía en los pulmones y el canto de los pájaros, al que ya no callaba más que nuestra propia respiración, alzaban como telón de fondo de unas calles vacías. Y un tiempo después, poco a poco, por todos los rincones, aquella naturaleza, tantos años oculta como el más bello de los secretos, comenzó a asomar su rostro a nuestros parques y avenidas, desvelando una mirada serena, curiosa, que no echaba de menos al hombre.

 

Muchos habremos pensado durante estas últimas semanas sobre el ritmo vertiginoso del mal llamado progreso. Me pregunto si podemos seguir apartando la vista a otro lado, si nuestra maquinaria económica es incapaz de frenar sin producir grandes heridas colectivas. Y con todo, esta forma de vivir, por su propia inercia, devora de forma incesante el único hogar que tenemos. Casi sin darnos cuenta, estamos arrancando las páginas del calendario a nuestro futuro, acortándolo día a día.

 

En el aislamiento me vino a la mente a menudo un recuerdo de cuando era posible desplazarse sin ataduras, como el recluso que acaricia su ventana enrejada. Para alguien tan urbanita, perderse por los caminos que se adentran en una arboleda representa casi una audacia. Al principio te abruma esa falta de ese ruido tosco y persistente de la ciudad y la agobiante presencia de personas a cada paso. Dentro del bosque uno puede temer perderse, es cierto, pero a la vez es más fácil encontrarse a uno mismo. A pesar de la aparente soledad, sin embargo, también te sientes en compañía.

 

Aquel día el viento ascendía entre los árboles bailando entre sus ramas y las cigarras anunciaban alborozadas la presencia de un intruso. La luz que se filtraba sobre la alfombra de hierba y hojas caídas y el reflejo de las nubes en el agua encharcada de alguna manera formaban parte de un todo... un arcano casi olvidado. Aquel era un hogar al que todos pertenecíamos, el espíritu del bosque abrazándonos suavemente.

 

 

 

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