Después de la tormenta

"Después de la tormenta", 2020 - Acrílico sobre papel, 95x65 cm

 

"Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Aunque una cosa si es segura, cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella".


Haruki Murakami escribió esta reflexión para su libro “Kafka en la orilla”. Un día que alguien la había dejado ir, como un moisés, en el incesante torrente de ideas e imágenes de la red, y, conmovido por su significado, cogí un papel y la apunté para recordarla en el futuro.

 

Nadie de nosotros navega a través de una tormenta sin ser marcado por ella. De la crisis de la adolescencia nacemos como adultos. De un amor roto o de la pérdida de alguien querido aprendes a valorar más tus vínculos personales o a ti mismo. Y si con los años se acumulan las arrugas, las cicatrices, y la inocencia de la mirada se enturbia, estas huellas son una metáfora de las experiencias que nos hacen únicos. Si nos ahorráramos la incertidumbre y el dolor pero también el amor, el aprendizaje o la excitación de la aventura, ¿qué sentido tendría vivir? Dicen que el triunfo y el fracaso son caras de la misma moneda. Sin pagar ese peaje, nunca llegaríamos a ser nosotros mismos.

 

Una noche del otoño pasado me costaba dormir y me levanté para burlar el insomnio, distrayendo los pensamientos de mi cabeza. Sentado en mi escritorio, me puse a buscar apuntes e ideas para un nuevo proyecto hasta que di con el papel donde tiempo atrás había anotado aquella hermosa reflexión de Murakami.

Unas semanas antes había estado caminando por la playa de la ciudad. Era ya tarde y el paseo se encontraba huérfanos de bañistas y sombrillas. Al caer el sol, el paisaje coronado por palmeras se embriagaba de esa pálida melancolía crepuscular, esa soledad que se adueña de todas las ciudades de costa al marcharse el calor.

 

Se había levantado el viento al oscurecer y, a contraluz, las crestas de espuma parpadeaban como miles de luciérnagas danzando sobre las olas y, antes de que fuera hora de regresar a casa, me senté en un banco a leer, aprovechando los últimos instantes de luz del día. Cuando llevaba ya un rato, unos muchachos, que debían haber salido de algunas de las pequeñas edificaciones cercanas, se acercaron a la orilla. Hablaban entre ellos, compartían bebidas y reían con la despreocupada sinceridad de los adolescentes. Recuerdo que uno de ellos se separó al rato, para acercarse en silencio a la arena húmeda y negra. Tanteó la temperatura del agua con las manos, dudando por un instante con la mirada perdida. Luego lentamente se descalzó, dejó su ropa tendida a resguardo y se lanzó a nadar mar adentro.

 

Cuando era más joven y tenía toda la vida por delante, soñé con ser músico y boxeador, pero también en algún momento quise dejar todo el pasado detrás e irme tan lejos como pudiera. Nunca logré ninguno de mis objetivos. Con el tiempo me enamoré y no fui correspondido pero sé que, a mi modo, también hice daño en el corazón de otra gente. Cuando me sentía solo me planteé formar una pareja, incluso una familia, pero tenía demasiados miedos y egoísmos como para comprometerme. Estudié y abandoné los libros, busqué trabajo en mundos opuestos. También comencé a escribir varios libros que quedaron en el olvido, en el fondo del cajón de los proyectos inacabados.

 

Aquella tarde otoño volví a casa antes de que el muchacho regresara de su travesía. Y en cierta manera ahora, cumplidos unos cuantos años, me siento también de regreso en esa misma orilla. Mirando a mi espalda, con mi petate de recuerdos a cuestas, viejos tatuajes que se desdibujan sin desaparecer del todo, sé que tomé algunas buenas decisiones, como también adopté otras que entendí tarde que fueron equivocadas. Viví aventuras que añoro con cariño y otras que, como los restos de un antiguo naufragio, me duelen en el pecho al rememorar pero de todas ellas, sin excepción, aprendí las lecciones que me han hecho el hombre que soy ahora. 

 

Cuando salimos a navegar, atravesando la tormenta, nunca regresamos como nos adentramos en ella.

 

 

 

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