El chico que soñaba con las estrellas

"El chico que soñaba con las estrellas", 2021 - Acrílico sobre lienzo, 100x65 cm

 

En los años 60, Holst hacía décadas que había compuesto los siete movimientos de su suite sobre los planetas, y hacía también mucho tiempo que se había abierto camino un nuevo género en la literatura, del puño y letra de Verne o Wells. Sus escritos sobre el firmamento espoleaban la imaginación de pequeños y mayores, alentando la exploración de sus confines y, a la vez, alertando, como en una metáfora de la vileza del colonialismo, de los peligros de los visitantes llegados de otros mundos. En el cine, la ciencia ficción era un reclamo para las audiencias de las matinales y las publicaciones pulp construían una inocente iconografía de colores brillantes que ha perdurado hasta hoy en día. Fue en aquel preciso momento, un 20 de julio de 1969, cuando el hombre pisó por primera vez la luna y, con ello, se abrió una nueva era en la que todavía vivimos.

 

Sabida lo rudimentaria que era la tecnología de aquella época, comparada con la nuestra, es complicado decir si aquella gesta fue fruto de la audacia de unos valientes o de la temeridad de unos locos, pero también es cierto que no se ha repetido un hito similar desde entonces. Aquel día proclamaba el astronauta que aquel era un pequeño paso para un hombre pero un gran salto para la humanidad y, sin embargo, todavía nadie ha seguido con firmeza su senda.

 

Frente a nuestra inercia de arrogarnos, como seres humanos y nuestros problemas y necesidades, como la medida de todas las cosas, sólo hace falta alzar la mirada en una madrugada despejada para reconocer que apenas somos polvo de estrellas, brillando un breve instante antes de apagarnos para siempre en ese imperturbable y estremecedor silencio. Frente a la belleza del espectáculo que se despliega antes nosotros, la duda abraza cualesquiera que sean nuestras verdaderas absolutas.

 

El cielo ha sido morada de dioses que hoy languidecen en el olvido de los hombres, como las religiones y tratados de cosmogonía que les dieron carta de naturaleza. Fue refugio de ángeles y de demonios mitológicos, de criaturas celestiales con cuya silueta los antiguos trazaron las constelaciones. Y hoy, a pesar de todos los avances, el universo se resiste a la voracidad de nuestro desvelo y, por cada respuesta con que nos obsequia, como en un incansable juego de gato y ratón, nos plantea el reto de un nuevo enigma. Su verdadera esencia se escapa a las humildes limitaciones de nuestra mente humana.

 

Al respecto, recuerdo como una tarde cogí un autobús desde mi ciudad hasta Àger, a cuatro horas en carretera, un remoto pueblo al sur de los Pirineos. A las afueras del vecindario, donde las luces de las últimas casas se desvanecen en la bruma de la lejanía, en un paisaje deshabitado y silencioso, funcionaba un centro astronómico. La visita incluía una explicación para profanos sobre algunos de esos misteriosos engranajes que rigen la mecánica celeste, una proyección en un pequeño pero digno planetario y después, caída sobre nuestros hombros la noche más cerrada, llegaba el gran momento que todos esperábamos.

 

En un patio del exterior estaba dispuesto un telescopio cuya lente escrutaba un punto fijo de la bóveda celeste. Poco a poco, todos los invitados guardamos el turno en un silencio pulcro, casi reverencial, para asomarnos a las bondades de aquel artilugio. En aquel período del año, nos advirtieron, desde nuestra latitud y longitud, era posible alcanzar a contemplar Saturno y la órbita de sus anillos.

 

Pero Saturno no era el planeta de un ocre liviano que tantas veces había visto reproducido sino una mancha brillante, casi grotesca, recortada sobre un negro intenso. Al principio, aquella imagen me desanimó, desprovista del artificio de las réplicas artísticas que habitan los manuales, hasta que comprendí lo que era en verdad excepcional de aquella velada. Por un instante, con mi miope vista, había divisado un mundo perdido a años luz de donde me hallaba, a una distancia inconcebible para nuestra escala humana tan minúscula.

 

Y desde entonces, cada vez que observo una noche estrellada, sonrío convencido que en un mañana que ya no llegaré a vivir, en un porvenir quizás tan remoto como factible, una persona enfocará con cuidado su equipo hacia el éter, añorando el intenso azul y los remolinos blancos de las nubes arrastradas por la corriente, el delicado tapiz de marrones, verdes y amarillos que entretejen la piel de ésta que es nuestra vieja y hermosa casa.

 

 

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