Madre naturaleza

"Madre naturaleza", 2016 - Acrílico sobre papel, 42x42 cm

 

Cuando era pequeño nos visitaban aún los inviernos que teñían de blanco el aliento y las botas de lluvia eran las mejores aliadas, con las que un niño podía contar, para zambullirse en los charcos que ésta sembraba como recuerdo. Crecimos en la falsa creencia que la madre naturaleza remediaría nuestros excesos, que proveería nuestro sustento con resignada prodigalidad, por mal que nos comportáramos. El devenir del tiempo nos iría sacando lentamente de nuestro error.

 

Escuché en la radio una bella teoría que unía al mundo que nos acoge y a todos los seres que lo habitan en un único organismo. De ser así, el hombre, el usurpador que se subió al trono de la creación, se ha acabado convirtiendo en su peor enfermedad. Miramos a los campos y a los mares como receptáculos de nuestra codicia, y a los hermanos animales como vulgares mercancías que depredar. Divagamos entre estólidas nociones de progreso y libros de economía, olvidando que el papel soporta todo aquello que le escribes pero que el ser humano no es más que polvo. Es un hijo más de la naturaleza, sin la cual no puede subsistir.

 

Me pregunto cómo curar a esta madre doliente, cómo podríamos apearnos de esta carrera insensata hacia el precipicio. No quiero creer que sería ya tarde. Quizás pensemos que como meros individuos nuestra fuerza se diluye, pero en ésta, como en cualquier utopía que se merezca, son los pequeños pasos de muchos individuos los que conducen al colectivo a llegar más lejos.

 

Seamos exigentes con nosotros mismos, así como con aquellos que nos gobiernan. Seamos conscientes de que no poseemos la tierra y sus bienes. Sólo somos custodios de un gran legado, un hogar prestado por todos aquellos que un día nos han de suceder.

 

 

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